Trinidad: Valle de los ingenios
Denominado
oficialmente como Valle de San Luis. Verdadera fuente del patrimonio de la
antigua ciudad cubana de Trinidad, declarado por la UNESCO en 1988 Patrimonio
de la Humanidad. Situado entre las montañas y el mar, es un verdadero monumento
arqueológico a la industria azucarera cubana.
La historia del
valle es tan antigua como la de la ciudad. Desde tiempos inmemoriales, los
habitantes autóctonos cultivaron el tabaco, lo que fue asumido por los
españoles tan pronto se asentaron en el territorio. En las márgenes de los ríos
Arimao, Caracusey y Agabama se hicieron vegas de tabaco desde principios del
Siglo XVII. El valle también fue sostén de la ganadería y del cultivo de frutos
menores, lo que transformó a la región en uno de los asentamientos de mayores
posibilidades de intercambio de la isla. La llegada en 1655 de emigrantes
españoles procedentes de Jamaica contribuyó al desarrollo de la industria
azucarera en una zona que poseía óptimas condiciones para la producción de
azúcar: fértiles tierras, regadas por caudalosos ríos y cercanas a puertos de
embarque. En la primera mitad del Siglo XVIII, la inversión de capitales foráneos
opera como palanca impulsora.
Entre 1700 y 1750
existieron alrededor de 20 trapiches. En la segunda mitad del Siglo XVIII
Trinidad define su vocación azucarera y gracias a ello se levantará como una de
las poblaciones más avanzadas de la isla. En los inicios del Siglo XIX se
inicia el gran boom azucarero de la zona, beneficiada por una serie de
circunstancias nacionales e internacionales que repercuten de modo favorable en
la localidad. Trinidad se había convertido en una de las ciudades de mayor florecimiento
económico y socio-cultural de Cuba, ello se debió al sorprendente desarrollo de
la industria azucarera . A mediados del siglo XIX Trinidad se había convertido
en una de las ciudades de mayor florecimiento económico y socio-cultural de
Cuba, ello se debió al sorprendente desarrollo de la industria azucarera en un
enorme y bien delimitado territorio que hoy conocemos como el Valle de los
Ingenios. En esos años, se consolidaron las grandes fortunas locales que
actuarían en la ciudad y en el, desde entonces, llamado Valle de los Ingenios.
Hacia 1840, las
posibilidades de explotación del valle estaban agotadas, tanto a lo referente a
la fertilidad de los terrenos como a las tierras disponibles. Se produjo un
éxodo de capitales hacia otras regiones. La aparición del azúcar de remolacha
en el mercado internacional provocó una desigual e insuperable competencia
entre los productores cubanos y europeos. Estos factores, conjuntamente con la
crisis mundial de 1857 y el inicio de la guerra de independencia en 1868,
provocaron que la ciudad iniciara una larga trayectoria de decadencia a partir
de los mediados del siglo XIX.
Entre los
exponentes conservados de mayor riqueza están las casas-hacienda de los
ingenios Manaca-Iznaga,Buena Vista, Delicias, Guáimaro y Magua, ejemplos de la
sobreimposición de los códigos de la arquitectura neoclásica sobre la
estructura espacial típica de la casa-plantación de la colonia española; las
torres-campanario de San Isidro y Manaca-Iznaga, símbolos de poder clasista con
aspiraciones de perpetuidad.
Las obras
hidráulicas de los ingenios San Isidro y Santa Elena, impresionantes muros y
artesas de piedras labrada, concebidos para solucionar la canalización y el
drenaje de terrenos bajos y de alta salinidad; el asentamiento rural de
arquitectura vernácula de San Pedro, fundado en el siglo XVIII por negros
libertos y pequeños colonos y el caserío que fue de albergue de las dotaciones
de esclavos, formado por pequeños ranchos de mampostería y tejas, que aún se
conserva en Manaca-Iznaga
Las casas de
vivienda existentes en el Valle de los Ingenios, constituyen exponentes del
tipo de fabricación vinculada a actividades económicas, esencialmente la
fabricación de azúcar y, ambas, constituyen la interrelación entre el marco
natural, expresiones constructivas y restos representativos de generaciones.
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